#EspecialHDA Maxim Zhestkov

La danza de los átomos de Maxim Zhestkov


Cuando es aplicada de forma efectiva en efectos especiales, producciones en animación 3D o videojuegos, la física de partículas funciona como un enriquecedor complemento. Sin embargo, en las obras del ruso Maxim Zhestkov se trata de la hipnótica protagonista.


En las animaciones de este artista audiovisual, los cuerpos geométricos se repiten modularmente y se mueven con la fuerza creativa de Maxim, quien se convierte en una especie de dios de su propio universo abstracto.

Como un joven arquetípico de su generación que estudió Arquitectura e hizo un posgrado en Diseño Gráfico y Bellas Artes, es un ejemplo de las múltiples ramas de exploración que permiten las carreras creativas.


Combina producciones propias con trabajo en publicidad y diseño: con sus cortos geométrico-surrealistas llegó a grandes clientes de todo el mundo, como Google, Nokia, Microsoft, Samsung, MTV y Adobe. Sumado a esto, en la última década ha participado en importantes espacios y festivales de animación y diseño en todo el mundo.


Cada una de las producciones de Maxim Zhestkov insiste en la dualidad de lo orgánico y lo artificial. Pero no se queda en la descripción, sino que deja fluir una narrativa que se conforma fundamentalmente como una representación dinámica de la música y los sonidos, atrapando al espectador del primer al último fotograma.


Sus últimos proyectos in-house son probablemente los más representativos de su identidad artística. Se trata de Volumes y Elements. En ellos, los tres componentes esenciales de su obra (materia, espacio y movimiento) interactúan con una lógica propia. La gravedad no es tanto rota como reestructurada, rediseñada para jugar con partículas que, de alguna forma, se terminan convirtiendo en organismos y, necesariamente, en personajes. Se trata de átomos virtuales que se transforman, se enlazan y se ven afectados por el movimiento y el tiempo.


Podría decirse se trata de bioarte, un bioarte digital, ya que estudia la física de partículas (el movimiento en el mundo natural) en espacios virtuales. En Volumes encontramos células, hongos, sedimentos, mareas, todo en carne de esferas geométricas de colores cambiantes que se chocan, se empujan, se atraen y se repelen. Conforman átomos, células, tejidos y cuerpos que luego se deshacen nuevamente en átomos.


Estas suertes de esculturas o instalaciones cinéticas digitales siguen patrones de movimientos rítmicos, como los que en la naturaleza ejecutan las bandadas de pájaros o los cardúmenes de peces. O quizá las mareas o el viento. O quizá los humanos en su accionar colectivo.


Algo similar sucede en Elements, donde se aplican distintas operaciones físicas (casi como experimentos infantiles) en cerca de dos billones de esferas blancas y negras, dentro de perfectas salas ficticias. El espacio invoca la virginidad prístina de las galerías y museos contemporáneos de arte, con el agregado de la pureza de su existencia digital.

El ballet hipnótico de las partículas en ambos cortos recuerda a las clásicas animaciones abstractas de Norman McLaren o a La danza de los cubos del argentino Luis Bras. Sin embargo, el artista también ha incurrido en la narrativa figurativa. Un excelente ejemplo de esto es Sputnik, un impactante corto de ciencia ficción de cinco minutos de duración que sin perder originalidad hace algunos guiños a grandes obras del género, como 2001: A Space Odyssey, de Stanley Kubrick.


Lo que este artista nos propone, en términos del consumo artístico, es una inclusión que la animación pocas veces encarnó. Tanto dentro de la escena del arte contemporáneo como en el ámbito del cine, esta forma de crear imágenes en movimiento siempre fue una hermana menor respetada, pero excluida de los asuntos mayores. Quizá las obras de Maxim Zhestkov y de artistas experimentales como él permitan que finalmente la animación pueda encontrar su merecida posición en el circuito del arte actual.


Por Sofía Poggi

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