El Brillo de una Luz Reflejada- por Candelaria Nesossi
- Candelaria Nesossi
- hace 17 minutos
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En la sede madrileña de CRISIS, galería peruana con base en Lima, se presenta Salto, giro, cadencia, trance, la exposición más reciente de la artista Andrea Canepa. La muestra reúne cuatro mosaicos y dos esculturas cinéticas, articuladas a través de colores vibrantes y eléctricos. Las esculturas, dos estructuras cilíndricas que cuelgan del techo, se encienden y mueven sus flecos; danzan y giran sobre su propio eje. La sala tiene un aire de juego y movimiento. La geometría curva de los mosaicos genera una sensación de dinamismo en equilibrio, acentuada por la cualidad texturada del propio material.

La exposición se expande además hacia el ámbito literario: hay una pila de pequeños fanzines en un rincón, disponibles para llevarse a casa. En el texto que contienen, la artista navega por algunas de las obsesiones que articulan conceptualmente la muestra. Una de ellas es el Taki Onqoy, un movimiento religioso de resistencia anticolonial surgido en los Andes en el siglo XVI que proponía cantar y bailar hasta el agotamiento como forma de resistir la violencia y la destrucción de lo propio y lo sagrado. También aparece el danzaq, o bailarín de tijeras, protagonista de una danza tradicional peruana. Durante la época colonial no se le permitía entrar en las iglesias católicas porque se decía que sus habilidades provenían del diablo. Además, el danzaq actúa como mediador entre las fuerzas espirituales y los ancestros, y mantiene vivos los vínculos con entidades naturales sagradas como montañas, aves y piedras.

Otra de las obsesiones de Canepa gira en torno al concepto de zumbayllu, una palabra quechua que extrae de la novela Los ríos profundos de José María Arguedas. En un primer acercamiento, zumbayllu puede traducirse como trompo, pero la magia está en que, como muchas palabras quechua, su significado no se agota en esa traducción al español. El zumbayllu puede evocar un zumbido, el aleteo de una mariposa, el brillo de una luz reflejada. Arguedas presenta el quechua como portador de una visión del mundo, una forma de comprender el pensamiento andino en el que nada existe de manera aislada, donde todo y todos estamos conectados.

Claudia Alarcón, artista y tejedora wichí, explica que seguir hablando su lengua es fundamental porque forma parte de su identidad. Ella señala que la palabra tayhin puede traducirse como "tejiendo": un concepto de carácter procesual y durativo, algo que se sostiene en el tiempo y que nunca se deja de hacer. Pero tayhin también significa construir, reconstruir y sanar. Junto con su grupo Silät, colectivo de tejedoras wichí del Chaco, Alarcón presenta una práctica que esquiva y desborda las categorías históricamente utilizadas para relegar el arte indígena, reivindicando su lugar dentro del arte contemporáneo.
Cierra el texto de sala la siguiente pregunta: “¿qué cuerpos siguen danzando incluso después de haber sido borrados? Quizá la exposición invite precisamente a eso: a percibir cómo ciertas energías, saberes y resistencias continúan girando, invisibles, bajo la superficie de las formas”





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