Cuando crear se vuelve un rito: la propuesta de Grullar Galeria - por Agustina Valentini
- Hijas del Arte
- hace 3 días
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Visité hace unos días Rituales en Grullar Galería (Mendoza), una galería nueva que tenía muchas ganas de conocer. Me encontré con tres artistas emergentes y tres lenguajes distintos que, desde lugares muy diferentes, hablan de lo mismo: los procesos creativos, los materiales y la conexión con el entorno.
Al entrar en la casona recientemente restaurada, los óleos pastel sobre ruberoid de Dolores Panasci son los primeros en aparecer y me sorprendieron por el soporte mismo. El ruberoid, material industrial y resistente, se oscurece y muta con el tiempo, haciendo que cada obra siga transformándose después de finalizada. Esta artista marplatense trabaja al plein air, logrando bocetos rápidos con una paleta reducida, principalmente de colores tierra y verdes. Ahí está la esencia de su trabajo: todo se reduce a la materialidad y a la sencillez del paisaje. El montaje también es algo a destacar: las obras, algunas de las cuales tienen bordes irregulares, están dispuestas sin marcos, colocadas directamente sobre la pared, priorizando la materialidad. Por momentos, esa forma de ubicarlas me recuerda a los montajes de los antiguos salones de pintura.

Las esculturas de Marta Argerich ocupan la sala principal y desde que entrás ya se imponen. Argerich se define más como escultora que como ceramista, y eso se nota: sus piezas no son objetos decorativos ni funcionales, son obras que parecen tener alma. Trabaja con barros del norte del país, como si el material mismo cargara ya con una historia antes de ser intervenido. Su vocabulario es muy reconocible: formas que aluden a la dualidad, manos en posición de ofrenda, ojos que miran y lloran, tótems, sonajeros, piezas encadenadas y rostros que mezclan lo humano con lo sagrado. Hay una cadena de cerámica que cuelga del techo como un rosario invertido. Pero la obra que más me detuvo es un busto de escala casi humana con el torso abierto en cuatro partes. En ese vacío, unas manos sostienen un pequeño corazón, una pieza cruda. Por momentos sentí que podía ser un autorretrato y me hizo pensar en qué es aquello que uno guarda, protege y no puede soltar.

Para ella, crear es hacer un ritual que atraviesa tres ejes: su cuerpo, corazón y mente. A su vez, es hacer una pausa en la vorágine del presente para observar y dejarse transformar. Así, sus esculturas se pueden pensar como partes de un rito donde nada se explica y todo se experimenta.
Un detalle que me gustó mucho es que la galería está toda intervenida y tiene una tienda con obras de artistas emergentes de todo el país y una trastienda muy interesante. El recorrido, además, proponía degustar un vermú blanco de Mijo, presentado casi como una pócima, como si beber también fuera parte del ritual.

En fin, Rituales es una muestra que funciona porque logra articular las obras, el montaje y el recorrido en una experiencia coherente. Aunque no todo tiene el mismo peso, el diálogo entre las obras construye un equilibrio muy potente que refuerza la idea de lo ritual como eje de la propuesta.

